Terror
Cuento ganador de una mención honorífica en el Ñongalofríos (Octubre-2025)
Aaaah, con que tú querías una historia de terror, ¿no? Vamos a darte tu historia de terror, vamos a darte algo por lo que tiembles en las noches y te revuelques en la cama entre sudor y baba. Sí, voy a darte una historia de terror que te incomode, que te dé escalofríos y te cause lo mismo que siente el que salió tarde de la fiesta y ahora espera en la parada el autobús que nunca llegará.
Érase una vez, porque estas cosas solo ocurren una vez en la vida y nada más, una estudiante de la UCV llamada Carmen Aurelia Vargas Rojas, tan insípida y olvidable como cualquiera. Una chica con una larga lista de tareas, sin tiempo para salir y sin amigos para hacerlo. Malas notas, pésimo promedio, nula vida universitaria. Pobre perra, dirás ahora y no te equivocas. Pobre perra porque veía a los otros pasear por el campus con sus amigos y ella permanecía solitaria en un banco jugando Candy Crush. Pobre perra porque todos hacían la tarea a tiempo y ella apenas culminaba la de la semana pasada y suplicaba que se la aceptasen. Pobre perra porque todos llegaban el lunes con anécdotas del fin de semana y ella solo callaba recordando el infierno de cuatro paredes. Pobre perra, triste y solitaria, víctima perfecta.
Carmen Aurelia, insípida como la imaginas, captó la mirada de cierto profesor. Llamemos a ese hombre Rodolfo Izaguirre, porque ese es su nombre y llamarlo por otro sería extraño. Un profesor sabio, conocedor de todo lo que se tiene que conocer, y un hombre ejemplar según sus colegas: un mediocre pretensioso y mamagüevo según los estudiantes. Pero un pedófilo, al fin y al cabo, porque la pobre perra de Carmen Aurelia no tenía siquiera 18 años.
¡Ajá! Ya ves por dónde se dirige esta historia, no creas que no me doy cuenta, ¡pero no! Déjame advertirte que el malo, el verdadero villano, soy yo, y que todos los horrores a continuación son por mi culpa, por mi gran culpa. El profesor solo es un pedófilo, como muchos. Ella, una pobre perra, como muchas. Ellos dos personajes de papel, víctimas de mi enredo, de una mano que teclea frenéticamente y de la cuál penden sus destinos como una araña que se cuelga en su red a merced del viento, pero el viento es un escritor siniestro que quiere verlos caer en una red más grande, ¡más hambrienta!
Carmen fue víctima de la mirada penetrante del profesor, de las preguntas constantes dirigidas a ella y solo a ella, de piropos y frases inapropiadas al entrar y salir del salón. Qué bonito labial traes hoy, te ves exótica con ese top, esa falda te pone una cinturita divina, esa melena suelta provoca es verla acostada en mi cama, muéstrame las tetas y otras morbosidades que él no lograba decir pero que se oían en su tono de voz, en su saludo cordial, en la forma en la que pasaba la lista y reposaba los ojos, inquietos, en la mirada cabizbaja de esa pobre perra.
Por supuesto que Rodolfo Izaguirre tenía carro, una camioneta medio destartalada y medio funcional, pero al fin y al cabo un carro más de Caracas, uno más que persigue a una muchacha a las siete de la noche por el camino de la universidad a Plaza Venezuela. A veces le da tres vueltas, a veces cinco. A veces le da la cola a sus colegas, a veces se va a solas, en silencio, porque la radio no enciende desde 2018 cuando lo chocaron por la Avenida Urdaneta. La observa caminar, el movimiento de su falda, cuando lleva falda, y el roce de sus muslos cuando lleva pantalón. Cruza la calle con miedo de que los carros arranquen y la maten. Esquiva los vendedores ambulantes como si fuesen asesinos ambulantes y, en vez de Bon Bon Bum, vendiesen Cuchillo Bum, Cianuro Bum. Ella es ella misma con miedo.
Un día, aquel hombre, que más que hombre es un pedófilo, no aguantó la tentación. Se detuvo a su lado y bajó el vidrio. Le saludó normal, como siempre, pero por el tono pareció que estaba por devorársela entera. Ella saludó como cualquier estudiante que saluda a su profesor. Hola, profe, ¿cómo está? Bien, pobre perra, móntate en este, pensó decir, pero no lo dijo, claro, así no se hubiera montado como lo hizo, porque, en efecto, se montó casi sin invitación.
Ella habló de su día, él de la vida. Pocas palabras y mucha tensión. Tensión en la mirada de ella hacia los semáforos, porque debía llegar temprano a casa o le pegaban (porque claro que su papá borracho le pegaba). Tensión en el cierre del pantalón del pedófilo que sujetaba el volante con fuerza. Tensión porque en cualquier momento giraba a la izquierda y se la llevaba a su apartamento en Los Palos Grandes. Tensión porque imaginaba sus gritos y una forma de desmayarla con la cuerda del maletero para subirla por las escaleras sin sospechas. Tensión porque llegaban a Plaza Venezuela con normalidad y nada malo había ocurrido ni iba a ocurrir.
Le quitó el seguro a la puerta y la dejó salir. Las palpitaciones en su pantalón le suplicaban que la halase por el pelo devuelta al carro y arrancase, pero aguantó. Ella, que permaneció varios segundos con la puerta abierta, por poco no le pide que la lleve a su casa, porque ya era muy tarde y no la recibirían con la cena, sino con una parranda de coñazos y una encerrada en su casa, pero aguantó. Los dos aguantaron, ante todo pronóstico, y continuaron con su insípida existencia.
Pero el pedófilo no paró de pensar en la pobre perra, claro que no. Los días pasaron y él la vigilaba constantemente. Notó que siempre era la última en salir, que mientras todos corrían de vuelta a casa, ella iba al baño y no salía hasta que el pasillo estaba solitario.
Analizado el patrón y con la certeza de su repetición, llegó aquel terrible día. Al final de la última clase no faltó mucho para que todos se fuesen corriendo a casa, la Caracas nocturna siempre fue indeseable para el transporte público. El profesor se fumó un cigarro en el pasillo y esperó hasta que el único ruido presente fuese el de su propia exhalación. La oscuridad entraba por las ventanas del pasillo y los bombillos titilaban con cada paso suyo hacia los baños, apretando con fuerza la cuerda en sus manos. Seis, cinco, cuatro, calculaba los pasos que faltaban para llegar a ella. Tres, dos, uno, la escuchaba llorar encerrada en un cubículo. Menos uno, menos dos, menos tres, se había equivocado en su cuenta, pero equivocarse era lo de menos ante lo que estaba por hacer. Con cuerda en mano y una sonrisa macabra, pateó la puerta del cubículo…
Lo que ocurrirá a continuación es tan espantoso, tan morboso, tan horripilante que te ruego prepares tus ojos, te sientes en una silla al lado de un caramelo o un vaso con agua y azúcar. Es aquí la parte del verdadero terror, este es el momento del clímax, del horror y la fatalidad. Es este el párrafo que te quitará el sueño, que te dejará pensando toda la semana en este grandioso cuento y no podrás nunca lidiar con el final, pues, aunque no lo creas, te quedarás con la incógnita porque las páginas se han acabado. Porque la extensión no fue suficiente y las palabras llegaron a su límite.
¡Qué fatal! ¡Qué terrible! La peor pesadilla de un escritor es quedarse sin espacio, ¿pero sabes qué es peor, terrible y ATERRADOR? Un lector furioso por un final inconcluso. ¡Ay, dios mío! ¡Soy yo ahora la pobre perra! ¡Apiádate de mí!


